martes, 24 de diciembre de 2013

Recuerdos y nostalgia en Navidad




Por:  Miriam Rizcalla de Cornejo


     Amaneció.  Es un martes muy gris en Nueva York.  Hace mucho frío.  Me levanto, preparo mi acostumbrado café cada mañana y el desayuno para todos.  Adentro todo luce a obscuras, enciendo las luces del arbolito y el pesebre.  Pongo música de villancicos y me envuelvo en esa magia única, que sólo el nacimiento del Nino Dios nos proporciona.

     Debajo de la cunita, en su humilde pesebre, reposa la cartita que año tras año escribo para El.  Lo primero que anoto son mis múltiples agradecimientos por tantas bendiciones, en especial por la salud, por la familia aquí y en mi Panamá, por la armonía y unión familiar.  Por mis hijos, para que me los guarde bajo su manto protector y me los bendiga abundantemente siempre.  Que me los conserve -como hasta ahora- sanos y limpios de corazón y espíritu, en medio de este mundo vanal y superficial de hoy, y sigan siendo los seres humanos maravillosos por quienes aposté cada segundo de mi existencia, mi máxima misión en la vida, mi mayor inversión de tiempo, entrega y dedicación.


     El reloj avanza, y rápido.  Ya es casi mediodía.  El jamón espera ser preparado.  La estufa y el horno encendidos crean una atmósfera cálida y agradable en medio del frío invierno.   El choque de dos copas de vino se confunden con la música.  A toda costa intento ahuyentar cualquier vestigio de nostalgia y melancolía.  Lejos de la familia, amigos y vecinos de siempre, nunca es fácil.  Hacen falta. Se extraña mucho.

     Mi tradicional ensalada de papas -mi especialidad-, lista para ser devorada, se luce tan hermosa como seguro estará en la mayoria de las casas hoy.  Mi arroz con pollo y vegetales se cocina aún.  Me siento y tomo algo de vino.  Me viene a la memoria un puñado de recuerdos gratos, memorables y al mismo tiempo tristes.  A través de mi vitrina interior, la que guarda apiñados los recuerdos de mi infancia, de los años idos, veo a mi madre, mi mami, afanada en sus quehaceres cotidianos; vital, serena, en paz...siempre dando el máximo de sí misma por el bienestar de la familia, hoy, seguramente triste, extrañando y resintiendo una Navidad más sin nuestra compañía, acaso su única petición al Niño Dios sea reencontrarnos pronto.  Veo a mi padre, en su ancianidad, callado, en silencio, escrutando y meditando todo, observando con sus ojos color de cielo cuanto le rodea, con esa mirada siempre nostálgica, recordando su largo tránsito por la vida, su país tan lejano, su familia...  Ya no está con nosotros, nos acompaña en los recuerdos que son muchos.  De igual manera sucede con mi suegro, triste saber que al regresar, ambos viejos tan queridos y siempre recordados, ya no estarán esperando ansiosos nuestra llegada con los brazos abiertos y sonrientes, felices de tener la familia reunida, juntos todos, en éxtasis total...

     Un olor ahumado me despierta y me trae de vuelta a la realidad.  Ensimismada como estaba, perdida en mis recuerdos reacciono y me levanto.  Todo bien.  Sirvo el arroz en el recipiente que irá a la mesa.  La sangría blanca ya está lista para su disfrute.

     La tarde cae.  Hace más frío.  A tres minutos de la casa se encuentra la iglesia, se escuchan las campanas.  Nos arreglamos y vamos a misa.  Pido a Dios por el bienestar de mi familia y la de usted que me está leyendo, para que derrame bendiciones en abundancia sobre todos nosotros.  Por la paz del mundo, por que prevalezca el amor en la humanidad.  Jesús dijo:  La esperanza, la fe y el amor son muy importantes, pero de las tres la más importante es el AMOR.  Que el nacimiento del Niño Dios nos bendiga siempre.  

     Junto a mi esposo y mis hijos me dirijo a casa de unos amigos para celebrar la Nochebuena.  En Nueva York es la misma hora que en Panamá.  A las doce de la noche, cuando miles de fuegos artificiales se confundan con las estrellas en el firmamento, alzaré mi copa para brindar y entre besos y abrazos, risas y una que otra lágrima, desearé para todos y con todo mi corazón una:  FELIZ NAVIDAD!

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